También el otro estaba atacado de delirios que en buena parte se cumplieron. Ojalá ocurra lo mismo con Caballero y que algún día ocupe territorio circundante y devenga en napoleoncito de una futura verdadera área metropolitana de Vigo


Claro que el corso - tan soñado por no pocos locos de los de antes - se rodeaba de excelentes generales, mientras que el de Ponteareas prefiere la compañía de mediocres asistentes de mínima talla para así parecer el más alto. Esos comisionados municipales que se ocupan de las tareas menores, que para todo lo demás ya está él.

Sin embargo, puede llegar a convertirse en un buen alcalde, puesto que ambiciones no le faltan: hiperactividad y capacidad de trabajo está claro que rebosa; y posee, digamos, una suficiente formación. Presentando, además, ese punto de demencia que le lleva a concebir grandes designios, una especie de impulso de crear castillos en el aire. Lo que no sobra, puesto que al final siempre algo queda. En realidad, en este particular aspecto el estar un poco tocado de la mollera hasta se puede considerar una ventaja.

A Caballero le infla el orgullo de haber sido ministro cuando lo cierto es que debería disimular al respecto, dado que ministros y ministras de escasa monta pasaron y pasarán por los gobiernos de España. Pero es que él, personaje de sí mismo, siente la necesidad de sobreestimarse cara a la galería. Porque Abel - no hace falta ser psiquiatra para emitir el diagnóstico - presenta un diáfano cuadro de narcisismo. O séase, según una de sus definiciones: transtorno de la personalidad que se caracteriza por baja autoestima acompañada de una exagerada sobrevaloración de la propia importancia y de un gran deseo de admiración por los demás.

Y es que nuestro aspirante a césar urbano es, en realidad, un tipo tímido y lleno de pequeños complejos que lo recomen al tiempo que le dan la marcha. Como del otro dicen algunos autorizados biógrafos.

Con todo y precisamente por todo ello - dado que está comprobado que este tipo de orates políticos a veces funcionan -, es cierto que  Caballero podría convertirse en un buen alcalde para Vigo.

En buena hora, si andando el tiempo se confirma. Que se necesita desde hace mucho. Por eso no importa demasiado su cuadro clínico si al final los resultados se presentan óptimos. Además, desaparecido del frente de la Xunta aquel Fraga ex Iribarne que a Vigo le tenía y le tiene verdadera tirria, las circunstancias han mejorado de manera notable.

Por cierto, salvando todas las distancias y las clases, un ególatra extremo el tal Fraga. Una especie de desmesurado minotauro sediento de sangre de poder y quién sabe si en sus mejores tiempos también de doncellas. Aunque este ente de talla superior, de complejos ninguno. Y punto. Con Caballero, seguido.


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