No sabemos si New York Times, Los Angeles Times, Washington Post, Miami Herald u otros grandes diarios americanos poseen penthouse para uso de sus patrones. Pero Faro de Vigo, decano de la prensa española, sí. Es el que utiliza en los altos del poco agraciado edificio de Chapela (Redondela) el Señor Moll cuando viene a Vigo - un par de veces al año - a revisar las buenas cuentas del negocio.

Se trata de un espacio con excelentes vistas a la Ría, con aspiraciones de suite y con una especie de sala de juntas al que se accede por medio de un ascensor privado dotado de clave para poder ser operado. Unos dígitos que en un principio fueron 1853, el año de la fundación del periódico; pero que tuvieron que ser cambiados cuando un espabilado trabajador los descubrió (no era tan dificultoso) y decidió subir y entrar a curiosear. 

El Señor Moll (Don Javier) podría, claro, alojarse en la mejor suite del mejor hotel de Vigo. Es, sin embargo, entendible que prefiera aposentarse sobre la propiedad, por encima de los empleados que en la redacción y talleres se ocupan en sacar adelante el Faro de todos los días. Para recrearse in situ con la saneada marcha de la empresa.

Lo cual tampoco es excepcional, todo lo contrario. Alojarse sobre el negocio, queremos decir. Ya lo hacían los salazoneros después devenidos en conserveros, que así podían día y noche mejor apreciar el punto óptimo de las sardinas a través de su penetrante aroma desde la salmuera. Como lo hacían, ya en fechas mucho más cercanas, las mismísimas antiguas propietarias de Faro de Vigo y descendientes directas de su fundador (1853), las damas Barreras de Lema, que moraban en uno de los pisos del edicio de aires neoclásicos del antiguo Faro, en la calle Colón. Ellas también se aposentaban sobre su periódico. Es probable, asimismo, que recibieran a los directores en su domicilio. En este caso, puesto que eran otros tiempos, en torno a una mesa camilla.

EL EPISODIO DE LAS TOALLAS QUE NO SECABAN

Tuvo lugar con ocasión del consejo de administración del 2006, para el cual el Señor Moll anunció su llegada al penthouse acompañado de su esposa, Doña Arantxa Sarasola de Moll.

Como siempre, los diligentes directivos de Faro de Vigo se pusieron en movimiento para hacer la estancia de los propietarios del periódico lo más placentera posible. En esta oportunidad, dada la compañía de la esposa, que no faltara ningún detalle en la estancia, flores, jabones con la mejor fragancia y todos los etcéteras que se estilan en estos casos. Incluídas, por supuesto, toallas de la mejor calidad. Las más caras, que los anuncios por palabras y las esquelas dan para eso y mucho más.

Alguien tenía que ejercer de ama de llaves, y lo hizo. A su llegada, tras el acostumbrado cumplido recibimiento por parte de la cúpula del diario, la señora de Moll dio su aprobación a la disposición del penthouse - en perfecto estado de revista, habría que decir - y todos se fueron a dormir contentos. La reunión del consejo de administración del día siguiente prometía ser plácida y satisfactoria.

Pero estalló la crisis: Doña Arantxa Sarasola de Moll no se pudo secar debidamente tras la ducha. Las magníficas toallas de rizo americano, de por sí un tanto resbalosas, no secaban puesto que no habían sido sometidas al obligado tratamiento previo de paso por lavadora. Un fallo enorme aunque también comprensible, dado que una cosa es elaborar rentable información y otra avituallar con conocimiento un apartamento.  

El caso es que la Señora de Moll montó en justa cólera, el Señor Moll se pilló un buen rebote y el consejo no resultó como se esperaba. Incluso a punto, muy a punto, estuvieron de rodar algunas cabezas, llegando los movimientos telúricos hasta la redacción.

Un consejo que permanece en el recuerdo de los trabajadores de Faro. Un faro que es, en sí mismo, historia de Vigo. Siendo ésta una pequeña historia del Faro.

Son los inconvenientes de los penthouse por encima de las redacciones.  

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