Estos no van a ser del Celta, que ya no va a existir porque lo fundió un señor que se fue a México y después volvió. Enarbolarán, en cambio, la bandera de Cachamuiña, que por algo juegan, meriendan y crecen a los pies de su monumento. Incluso sobre el monumento.


Son los nuevos vigueses, que por lo que se ve suman un mogollón a pesar de lo que dicen las estadísticas. O será que se concentran casi todos en la plaza de la Independencia a partir de las seis de la tarde con este buen tiempo, acompañados de sus mamás y a veces de los papás, de sus pequeños perros, de sus bicis y de sus balones.

La plaza de la Independencia presidida por Cachamuiña es un  jolgorio de nuevos vigueses y viguesas que, ya resultado de mezcladas generaciones precedentes, tienen su herencia orensana un tanto diluida. Aunque seguro que muchos de ellos seguirán disfrutando de los productos de las leiras que miran al Miño, al Avia, al Arnoia, patacas y excelsos pimentos que llegan a Vigo en las caravanas de los domingos por la tarde.

Sin olvidar que Cachamuiña, el gran héroe oficial de la historia viguesa y que los vigila protector, era paisano de sus abuelos, de un lugar próximo a Melón. Unos abuelos orensanos que forman el tercer colectivo humano en importancia de la plaza, prudentemente alejados del epicentro sentados en los bancos de sus márgenes. A veces se escapa hacia ellos algún pelotazo cuya trayectoria los más ágiles tratan de desviar con sus bastones. Sin conseguirlo, naturalmente. Pero lo sorprendente - debe ser por Cachamuiña - es que nunca resultan alcanzados de pleno.

Estos nuevos pequeños vigueses y viguesas prometen, sobre todo porque al árbol de la fuerte estirpe orensana se subirán y terminarán por aparearse con otros niños y niñas que también brincan por la plaza y que son bien recibidos por Cachamuiña. Nos referimos a los críos de color, eslavos, sudamericanos. Y chinas, que de esta procedencia se aprecian sólo chicas. Son los nuevos vigueses y serán los padres de los novísimos vigueses del futuro, cuando Vigo se haya convertido, por fin, en la "Barcelona del Atlántico", que decía el otro.

Nuevos vigueses de Cachamuiña que cuando sean mayores igual podrán contemplar la torre de Nouvel. El puente de Alvariño, en cambio, eso quedará para los multiraciales novísimos.

Parecen una buena cantera. Y a los lectores que nos estarán leyendo y que viven en otras zonas de Vigo les recomendamos una visita a la plaza de la Independencia en hora punta de actividad infantil. Porque aquello, que es todo un espectáculo, la merece. 

Gracias, Cachamuiña.

 



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