La última decisión del Tribunal Supremo en la que insta al Concello a demoler la urbanización conocida como “Colina de Castrelos” o “Piricoto” ha supuesto un duro golpe en la línea de flotación del actual gobierno municipal.
Cierto es que estos lodos le llegan al ¿equipo? que comandan Abel Caballero y Santiago Domínguez sin comerlo ni beberlo, pero ambos bien sabían cuando se presentaron en las listas a las elecciones municipales que esta era una de las patatas calientes que heredaban del pasado.
Cumplir la sentencia es cierto que supone un auténtico golpe de gracia para las arcas municipales, pero no es menos cierto que en Vigo necesitamos una actuación ejemplarizante para evitar escándalos como el del Piricoto, el del proyecto de ING y de un sinfín de cafradas que nuestros políticos, de uno y otro color, han ido dejando como triste recuerdo de su gestión.
Ahora nos sale el señor alcalde con que va a intentar una solución para evitar el desembolso de esos 30 millones. Y aquí paz y después gloria.
¿Y como se le queda la cara a esas familias que han visto como sus viviendas han caído por una infracción cometida a espaldas de la legalidad urbanística?
No se trata de defender esa ilegalidad. Ni mucho menos. Por el contrario lo que hay que aplicar es la ley, igual y para todos. Eso se supone que forma parte del juego democrático.
Lo del Piricoto ha sido la historia interminable. Casi dos décadas ocupando páginas y páginas en los periódicos. Y nadie quiso ponerle el cascabel al gato. Tal vez porque las uñas estaban muy afiladas.
A estas alturas de poco sirve la amenaza de Abel Caballero con sacar a relucir los nombres de los responsables de la “desfeita”. Una maniobra más a las que nos tienen acostumbradas el señor catedrático.
Ya vale de campañas de imagen y de declaraciones gloriosas y titulares amarillistas.
A los políticos les pagamos para que gobiernen y para que hagan la mejor gestión. A lo mejor en este caso la mejor gestión pasa por demoler ese adefesio y por rascarse los bolsillos. Por reducir gastos de bombo y boato. Por controlar la pasta gansa que les abonamos a no sé cuantos asesores que no se sabe muy bien qué papel hacen. Por acabar con las campañas publicitarias que venden humo y contentan los estómagos más o menos agradecidos de algunos.
Los trapos sucios llega un momento en que hay que lavarlos, porque ya no nos queda nada en el armario para ponernos.
Y de nada sirve que nos vengan a recordar que esos trapos llevan años ahí encerrados y que son de nuestros antecesores. Ahora la lavadora está en nuestras manos y nosotros debemos ser los que apretemos el botón. Aunque para ello haya que pedir un crédito y comprar una nueva.
 



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